Rosario Spina

La palabra, ¿está devaluada?

19 jun 19

Por Rosario Spina

 

La propuesta acerca de reflexionar si la palabra está devaluada me lleva a pensar en dos grandes cuestiones que atraviesan mis prácticas cotidianas, no solo como periodista, sino como educadora y escritora.

Por un lado, ¿es que se devalúan las palabras, o en realidad se devalúa el trabajo de los sujetos que enuncian esas palabras, en este caso, de los y las periodistas?

Y por otro, si pensamos que las palabras se devalúan per se, ¿entonces es que alguien, anteriormente les ha puesto algún valor? ¿Quiénes serían los responsables de otorgarles ese valor? ¿Y qué sucede con ese valor cuando creamos nuevos términos, cuando nos apropiamos del lenguaje para señalar sus carencias, sus sesgos discriminatorios, sus faltas?

Pensar en estas preguntas me lleva a reflexionar sobre los sujetos que pronuncian esas palabras, en la educación que han recibido o no, en el posicionamiento político e ideológico que hagan de ellas, o en su mayor o menor nivel de ingenuidad ante las palabras que hacen suyas en lo que dicen a través de un micrófono, en lo que escriben en las páginas de un diario, de una revista, de un sitio web. En suma, en lo que deciden comunicar.

Entonces, es imposible preguntarnos acerca de una posible devaluación de las palabras sin pensar en la enorme precarización laboral que sufrimos hoy las y los periodistas. Precarización que resulta de la concentración de medios y de la utilización que hacen las empresas de la convergencia tecnológica, dos procesos que llevan al cierre de fuentes de trabajo y a la multiplicidad de funciones. A ello se suma la asfixia de los medios cooperativos, pymes y comunitarios por falta de políticas públicas del Gobierno nacional. Sumado a esta coyuntura social, las periodistas vivimos además otras situaciones de precarización y desigualdad en los medios. En consonancia con este día, la Red PAR (Periodistas de Argentina en Red por una Comunicación no Sexista), organización a la que pertenezco, repasa en las redes datos extraídos del libro de Sandra Chaher y Virginia Pedraza: Organizaciones de medios y género. Igualdad de oportunidades para mujeres y personas LGTTBIQ+ en empresas, sindicatos y universidades.

A partir de una investigación realizada en 2017 en las ciudades de Córdoba y Buenos Aires, las autoras identifican y demuestran que en las organizaciones de medios hay un enorme poder de concentración por parte de los varones. Por ende, la mirada puesta en artículos y noticias será androcéntrica: los varones dirigen el 78 % de las empresas de medios y el 70 % de los sindicatos de prensa.

En cuanto a la formación académica, en solo una carrera de Comunicación hay una materia sobre temas de género dentro de la currícula de grado obligatoria.

Por otro lado, en cuanto a la inserción laboral, muchas mujeres estudian, menos trabajan, y muchas menos se sindicalizan: el 64 % de las personas que estudian Comunicación son mujeres. De estas, solo el 30 % trabajan en empresas periodísticas. Y, finalmente, solo el 24 % de las personas afiliadas a sindicatos de prensa son mujeres.

Ninguna empresa de las analizadas dispone de oficina o área de género. Tampoco un espacio para la resolución de problemas de violencia de género o acoso o abuso sexual y laboral. Tampoco disponen de políticas para equilibrar las estructurales desigualdades de género. Como vemos cada día, sindicatos y universidades comienzan a incluir el tema entre sus reclamos, pero para las empresas parece no ser una cuestión relevante.

Afortunadamente, los medios vinculados a organizaciones de la sociedad civil muestran más compromiso en torno a la democratización desde un punto de vista de género. Hay más mujeres dirigiendo estos medios. Además, hay en ellos mayor preocupación por los contenidos vinculados a género y por las condiciones laborales que expresan desigualdades.

Entonces, pensar en si la palabra está devaluada es analizar que por sobre las restricciones empresariales que se imponen en los contenidos de las empresas periodísticas, por sobre las propagandas que envían empresas y organismos y que muchos medios gráficos publican como artículos periodísticos cuando en realidad cobran el carácter de “publinotas” —restringiendo de esta manera la fuente laboral de los periodistas, además de realizar propaganda engañosa y sesgar información— por sobre todo lo mencionado, las mujeres tenemos un plus de desigualdades en este sentido. 

No busco con este análisis, sin embargo, generar incertidumbre en mis futuras colegas periodistas que escuchan hoy, aquí. Todo lo contrario: pensar en estas brechas y en estas desigualdades nos ayudará a encontrar las maneras de luchar, individual y sobre todo colectivamente, por esos espacios laborales.

 

***

 

Y ahora, retomaré la segunda pregunta propuesta al inicio de mi exposición: Si es que las palabras se devalúan per se, ¿entonces es que alguien, anteriormente, les ha puesto algún valor? ¿Quiénes serían esos responsables?

Traigo aquí entonces un conocido diálogo de la literatura, entre Alicia y Humpty Dumpty, cuando discuten sobre los no cumpleaños.

 

—¡He ahí tu gloria! –dice Humpty Dumpty

—No sé qué es lo que quiere decir con eso de “gloria” −observó Alicia. Humpty Dumpty sonrió despectivamente.

−Pues claro que no…, y no lo sabrás hasta que te lo diga. Quiere decir que “he ahí, te he dado con un bello y contundente argumento”.

−Pero “gloria” no significa “un bello y contundente argumento” −objetó Alicia−.

—Cuando yo uso una palabra −insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso− ella significa lo que yo elegí que significara, ni más ni menos.

−La cuestión −insistió Alicia− es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

−La cuestión −zanjó Humpty Dumpty− es saber quién es el que manda, eso es todo.

 

De este diálogo se desprende una pregunta que podríamos hacernos aquí como periodistas, reflexionando sobre el valor de las palabras: ¿Qué sucede con ese valor otorgado a las palabras, cuando creamos nuevos términos, cuando nos apropiamos del lenguaje para señalar sus carencias, sus sesgos discriminatorios, sus faltas? ¿Devaluamos las palabras cuando creamos nuevos giros o formas? ¿Cuál sería nuestra responsabilidad como periodistas ante estos cambios y propuestas en el lenguaje?

Y, siguiendo en esta línea, ¿podríamos torsionar el concepto, desviarlo, y decir que más que devaluarse, las palabras están tomando nuevos posicionamientos?

La palabra, al decir de Voloshinov, es hoy más que nunca un territorio de disputas y de poder. Lo que está cambiando es, en realidad, quiénes se disputan ese poder simbólico. Grupos históricamente silenciados e invisibilizados pugnan hoy día por una modificación que los represente. Y eso no puede quedar al  margen de un análisis acerca del valor de las palabras. 

Como sabemos, es un tema que despierta opiniones encontradas. Acaloradas, incluso. ¿Quién no ha estado en una mesa familiar o entre amistades donde no se haya debatido el tema al menos una vez? Una de las principales razones que esgrimen quienes se resisten a reflexionar es argumentar que la RAE “no lo acepta”, que no aparece en su diccionario, que “deforma” el lenguaje.

Un ejemplo muy representativo leído en el artículo “La lengua degenerada”, de El Gato y la Caja, dice: “Resulta que la lengua no es una foto, sino una película en movimiento. Y la Real Academia Española no dirige la película, sólo la filma”. Es decir, no es función de la RAE el “aceptar” vocablos o usos, como tampoco lo es de la Academia Argentina de Letras (que en todo caso sería nuestra institución de referencia). El trabajo de la RAE, hoy día, no es prescriptivo: lo que hace es recoger las diferentes variantes, describir fenómenos que suceden en la lengua, y en función de eso validar la norma. La RAE o la AAL observan, toman nota, analizan. Si ese fenómeno se extiende en los hablantes y es adoptado en determinados espacios, la RAE lo incorpora al diccionario.

Como ya sabemos, las lenguas son organismos vivos, están en constante cambio y movimiento. Clara evidencia de la actividad de una lengua es su inclusión de nuevas palabras en el diccionario. Por ejemplo, la palabra “almóndiga” o la expresión “la calor”. Ah, ¿no lo sabían? Esas palabras y giros sí están incluidos y aceptados por la RAE.

Entonces, frente a este panorama, no sería correcto decir que la lengua “se deforma” o “se devalúa”. En todo caso, varía, se “transforma” a través del tiempo. Si no fuera de ese modo, aún estaríamos hablando latín, o alguna desconocida rama del indoeuropeo.

Por ello, a quienes que se preguntan acerca del uso del todes o del uso de cualquier sustantivo que designe personas, y que muches elegimos flexionar con la “e”, les invito a reflexionar lo siguiente:

Para quienes trabajamos con el lenguaje y lo estudiamos, una verdad consabida es esa que puede resumirse en la siguiente frase: “Pensamos el mundo a través de las palabras”. Nuestro lenguaje crea realidad, y la realidad es, además, creada a partir del lenguaje. Si tienen ganas de ampliar este punto, les recomiendo la ponencia TED de Lera Boroditsky “How the language changes the way you think” (Cómo el lenguaje cambia tu modo de ver las cosas) (https://www.ted.com/talks/lera_boroditsky_how_language_shapes_the_way_we_think?language=es )   

Entonces, como no subestimamos esa afirmación, como sabemos de la importancia de ese proceso, entendemos que el uso de la “e” viene a incluir a esas identidades que el masculino (mal llamado genérico) ha dejado históricamente de lado. Claro que no ignoramos que a veces puede resultarnos incómodo apropiarnos de este uso… estuvimos toda nuestra vida usando el masculino omnipresente. Y opresivo, por cierto.

Términos que cargan un sesgo sexista en femenino: zorra, mujer pública, perra, loba pierden esta carga negativa cuando aparecen en masculino: zorro, hombre público, perro, lobo. El idioma español es, históricamente, un idioma androcéntrico y… sí, machista. Lo que sucede es que estas formas más sutiles en las que la ideología se entromete en nuestro pensamiento son a veces imperceptibles. Salen a la luz al desautomatizar la mirada y, por ejemplo, analizar el significado de algunas palabras comparativamente. Esto también aparece al buscar la etimología de ciertos términos: el hecho de que la gestión del dinero fuese “tarea del padre” (patrimonio) y la gestión de los hijos, de la madre (matrimonio), clara muestra de la injusta distribución de las tareas domésticas y de cuidado, problemática que hasta el día de hoy seguimos batallando.

También, y para ir cerrando, el siguiente acertijo que les propondré tiene mucho que decir al respecto:

Gutiérrez tiene un hermano, pero el hermano de Gutiérrez nunca tuvo un hermano.

Tómense un tiempo para pensarlo. Gutiérrez tiene un hermano, pero el hermano de Gutiérrez nunca tuvo un hermano.

Este acertijo posee un sexismo velado: Gutiérrez es una mujer. Y su hermano nunca tuvo un hermano: tiene una hermana. Las mujeres solemos ser nombradas por el nombre de pila o por el sobrenombre. Formas de tratamiento más doméstico, más privado (el terreno que dicen que nos toca “por naturaleza”). Y para los hombres les queda reservado el tratamiento por el apellido, un tratamiento público, formal.

Acusar al uso del lenguaje inclusivo de operación ideológica no debe hacernos olvidar que el lenguaje es siempre un hecho político, y en él siempre subyace una u otra posición política o ideológica. Como menciona Diana Maffia, la cuestión reside, entonces, en “pasar de ser dichas por el lenguaje del amo, a decirnos nosotras mismas en nuestros propios términos. De la heterodesignación a la autodesignación. Y esto implica una subversión semiótica, desnaturalizar la gramática, saltar el cerco de la sintaxis, romper el espejo que dice que el lenguaje refleja la naturaleza, para advertir que en todo lenguaje hay un sujeto que enuncia, y que ese sujeto tiene género. Un género que también se construye performativamente con el lenguaje, cuando asignamos identidades y, sobre todo, cuando ponemos jerarquía a esas identidades, cuando no las incluimos o no las reconocemos en un plural que nos integre, cuando las consideramos ‘anormales’ o ‘abyectas’ de acuerdo con una norma que se pretende natural y es profundamente ideológica”.

¿Sedimentará el uso de la “e” como marca de género? ¿Permanecerá este uso a través del tiempo? No lo sabemos. La estructura del español es, en todo caso, rígida ante determinados cambios. Pero lo cierto es que hoy día, en este contexto de deconstrucción cultural, en este “revernos”, la evolución del idioma es lo que menos debería desvelarnos. Estas nuevas formas de decir nos toman de las narices y nos llevan de cara al problema: la histórica invisibilización de las mujeres e identidades disidentes (colectivo LGTBIQ+) en el idioma español. Gracias al lenguaje inclusivo, estamos pensando más allá del binarismo “varón-mujer”. Estamos nombrando a las diversas identidades que existen. Estamos visibilizándolas. Por eso sería insuficiente quedarnos en un mero análisis del plano gramatical. Estamos hablando de una cuestión retórica, incluso política.

Entonces, revisitando el dialogo de Alicia y Humpty Dumpty, y volviendo a la pregunta inicial de esta charla, la cuestión sería, quizás, proponer nuevos valores para las palabras. Apropiarnos no solo como periodistas, sino como hablantes, de los usos que nos sirvan y proponer nuevos usos, otros, diversos, cuando esas palabras sean insuficientes para decir lo que tiene que ser dicho.

 

*Ponencia leída durante la mesa debate propuesta por Fundéu Argentina, en la II Feria del Libro de Rosario

Participantes: Flavio Lo Presti, Juan Mascardi y Rosario Spina

7 de junio de 2019

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