Laura Vilche

Laura Vilche: “Del aislamiento autómata al social, preventivo y obligatorio”

18 may 20

Laura Vilche se suma al ciclo “Pandemia: las palabras y los signos de estos tiempos”. Vilche es redactora del diario La Capital de Rosario y escritora de cuentos para niños y niñas.

 

Por Laura Vilche

 

El espectáculo mayoritariamente urbano venía siendo retratado y cuestionado planetariamente. Millones de personas de cualquier edad caminaban, conducían, estudiaban, enseñaban, compartían una mesa o una cama sin conexión con los demás. Se mantenían absortos, colgados, obnubilados con la vista dirigida a celular. Se los consideraba en estado prácticamente patológico de aislamiento.

 

Eran analizados por sociolólogos, psicólogos y periodistas que consideraban a la humanidad en actitud enajenada e incluso adicta bajo la figura de la “nomofobia” (ansiedad a quedarse sin el dispositivo).

 

Y no solo se escuchaban diagnósticos ligados a la obsesión de los sujetos empantallados y solitarios, incluso en compañía, sino que se los condenaba por transgredir normas de sociabilidad y convivencia. Hasta se levantaban algunas voces desde los medios de comunicación exigiendo duras penas a los caídos en este estado de aislamiento.

 

Pero a partir del 20 de marzo, cuando se decretó la cuarentena, todo cambió a la velocidad del miedo y el desasosiego. El permanecer con los ojos atónitos en las pantallas y su disvalor sufrieron un cambio de 180 grados.

 

Estar aislado pasó de repulsa a salvación frente a un virus hasta el momento poco enunciado y conocido, pero altamente contagioso y letal.

 

Encerrarse en soledad o en compañía no solo fue un aislamiento que empezó a funcionar como salvataje para enfrentar un contexto sanitario crítico, sino que el concepto mismo se reforzó e impuso desde el Gobierno nacional con tres palabras más: social, preventivo y obligatorio.

 

Y más. El accionar antisocial hasta ese momento censurado se resignificó: se lo convirtió en mérito y estrategia de cuidado por la vida propia y de los demás; se lo valoró como posibilidad de comunicación, de afecto y también de erotización. 

 

El aislamiento pasó a ser un estado de conciencia ciudadana, solidario, de humanidad, y la via para sostenerlo fue el mancillado celular.

 

¿Qué hubiera sido de los adultos mayores que viven solos sin él? ¿Cuántos aun renegados valoraron el medio que les permitió un aislamiento en conexión con sus afectos?

 

¿Qué hubiera pasado con el ciclo lectivo si no hubiera sido por las pantallas?

 

Los adultos aplacaron los retos hacia los jóvenes y niños que ahora no solo podían sino debían conectarse a las pantallas para no quedar aislados de sus amigos y docentes.

 

Claro que ni antes del 20 de marzo ni después la población se aisló igual porque, paradójicamente, tanto para gozar de un aislamiento autómata como para un aislamiento de resguardo, hubo siempre que contar con buena conectividad.

 

Lo cierto es que los resultados del aislamiento adoptado colectivamente son el termómetro para que los funcionarios de salud evalúen pasar a otra fase y significado de este concepto. El aislamiento podrá mutar a extensivo o flexibilizarse. Y esto último significará salir sanos y posiblemente volver a ser protagonistas de ese espectáculo mayoritariamente urbano que venía siendo retratado y cuestionado planetariamente.

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