Federico Bianchini ganó en 2013 el Premio Don Quijote/Rey de España (EFE)

Federico Bianchini: “Las editoriales firman contratos con derechos en todo el mundo pero luego no los distribuyen”

16 feb 18

Federico Bianchini es un periodista anfibio. El ganador del Premio Don Quijote - Rey de España con la crónica: El supremo anfibio, sobre Eugenio Zaffaroni, se adapta a distintas narrativas y soportes. Y ahora salta del periodismo narrativo hacia el cuento. Hace poco más de 15 días lanzó una campaña de financiación colectiva buscando reunir los fondos necesarios para publicar Sordidez y ya consiguió el 70 % de los recursos para editarlo.

Bianchini fue redactor del diario Clarín, editor de la revista Anfibia y trabajó en el diario La Razón. Durante cada año, dicta talleres de escritura y colabora con medios internacionales como VICE y The New York Times. Luego, viajó a la Antártida por 10 días y se quedó un mes: al volver, escribió Antártida. 25 días encerrado en el hielo (Tusquets) con el que en 2016 obtuvo la Beca Michael Jacobs, de la Fundación Gabriel García Márquez (FNPI). Publicó dos libros de deportes extremos: del primero (Desafiar al cuerpo) se está haciendo un documental. Bianchini dialogó con Fundéu Argentina sobre este proyecto editorial que reúne 11 cuentos.

¿Por qué la apuesta por una financiación colectiva luego de la edición de tres libros?

Me pasó varias veces de viajar a dar un taller o a participar en una feria del libro de otro país y que alguien me preguntara dónde podría conseguir mis libros. Salvo casos excepcionales, con autores muy conocidos, las editoriales firman contratos con derechos en el todo mundo pero luego no los distribuyen.

El segundo motivo es que, contra lo que uno podría pensar en una sociedad tan ansiosa en la que todo debería hacerse rápido, el cuento (un género breve e intenso) aún no recuperó el valor que solía tener. Las editoriales grandes prefieren las novelas que, vaya uno a saber por qué, venden más. Una opción alternativa, que se me ocurrió y aún no sé si funciona, fue recurrir al financiamiento colectivo: aquí estoy y en 15 días conseguí el 70% de lo que necesitaba, así que al parecer no está yendo tan mal. 

 ¿Hasta dónde llega tu libertad narrativa? ¿Se es más libre en el cuento que en la crónica? 

Creo que en la crónica, uno acomoda piezas de información que va consiguiendo a través de entrevistas, lecturas o hechos que presencia. Así, de a poco, se va armando el rompecabezas. En el cuento, en cambio, uno decide de qué tamaño serán las piezas del rompecabezas, qué color van a tener, qué forma tendrá la figura final: si será de dos o tres dimensiones. La pulsión es el inicio y eso genera una libertad total en el plano del sentido y de la forma: claro que luego, esa libertad se va limitando a medida que uno toma decisiones sobre el texto (si uno elige usar una primera persona, a pesar de que gana en potencia narrativa, limita mucho lo que un personaje puede decir acerca del contexto: nadie piensa “hoy tengo puesto un pantalón rojo”; a lo sumo se pregunta si ese color que eligió para vestirse hoy no es demasiado chillón; pero éste es sólo un ejemplo aislado).

- Algunos de tus cuentos ya fueron escritos hace más de 15 años: ¿con qué narrador te encontrás cuando los volvés a leer?

Hay uno o dos cuentos que empecé a escribir hace 15 años y que, luego, fueron sufriendo modificaciones: me parece una pose estúpida eso de “no corrijo para que el texto sea más espontáneo”. Las listas de lo que hay que comprar en el supermercado pertenecen a un género de lo más espontáneo y sin embargo es difícil apasionarse con ellas. Soy de volver a los textos, releerlos, modificarlos y, recién entonces, guardarlos hasta tanto haya oportunidad de volver a revisarlos. Con todo esto quiero decir que no importa tanto cuándo empecé a escribir un texto: quizás después de cinco o siete años, volví y lo corregí durante dos o tres meses (o no).

- ¿Cuánto hay del cronista en los cuentos y cuánto de cuentista en las crónicas?

Creo que son dos juegos con reglas diferentes. Uno decide en qué momento va a jugar a cada uno. En las crónicas se utilizan muchos elementos retóricos del cuento; sin embargo el pacto de lectura establece que los hechos narrados sucedieron: la verosimilitud está dada y no se cuestiona. En cambio, en el cuento, uno debe construir esos mundos ficticios para que parezcan reales. Algo que no es tan sencillo, dado que una de las características más asombrosas de la realidad es su absoluta inverosimilitud.

 

Sordidez es un libro de once cuentos, unidos por una historia común que los va entretejiendo 

El narrador despierta después de haber tomado mucho alcohol. No recuerda demasiado. Sabe sí, que en algún momento de la noche, cuando volvía a su casa, se cruzó con un hombre de sobretodo. Ve, a su lado, en la cama, una bolsa de papel madera. Tiene náuseas y cuando la abre para vomitar, se siente mejor y descubre dentro unas extrañas esferas. Agarra una azul verdosa, de un color que sólo vio buceando en la profundidad del mar. Más chica que un huevo de gallina. Siente en los pulgares la fragilidad del material. La aprieta hasta que escucha un pequeño ruido y ve cómo se rompe, los fragmentos esfumándose en el aire: talco de colores. Como si la mano le hubiera quedado manchada de sueño, tiene muchas ganas de dormir. Antes de que el dolor de cabeza vuelva, se acurruca. Se tapa con las sábanas y cierra los ojos.

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