Premios Princesa de Asturias 2018: Alma Guillermoprieto

“Somos el antídoto de las redes sociales con su inmediatez y su potenciación de la rabia"

20 oct 18

Premios Princesa de Asturias 2018: Discurso de Alma Guillermoprieto

Desde el día del despertar más raro de mi vida, a las 4:30 de la mañana, con la noticia imposible de que este premio era para mí, supe que la Fundación Princesa de Asturias es en realidad un centro de tejido: teje una red que entrelaza a francesas y españoles, estadounidenses y polacos, suecos y mexicanas, y a través de nosotros un poco más al mundo. Esto me parece una gran cosa, porque yo soy de las que creen en las matemáticas: en estos tiempos de división, juntos somos más. De manera que gracias, Majestades, por este honor, y gracias a todos los integrantes del equipo de la Fundación Princesa de Asturias, por su ayuda tan diligente y cariñosa.

 

Desde ese mismo día del anuncio del premio supe también que en mi caso no me tocaba cargar yo sola con este galardón gigante, sino que se me daba como reportera que soy, una entre muchos. Y me alegra infinitamente este reconocimiento a un oficio al que solo se entra con grandes sueños e ilusiones: ver el mundo, cambiar la historia, ser heroicos. La realidad es más estrecha: se gana poco; en estos tiempos en que el mundo ha entrado en revolución tecnológica, cibernética, científica, no tenemos certezas en que apoyarnos y el mundo nos quiere mal; se trabaja de sol a sol -aunque eso nos gusta, en realidad- hay una gran confusión en cuanto a cuál debe de ser nuestro papel, y en todo esto, somos el fiel reflejo de la sociedad en general. Y sin embargo, y por lo mismo que existe tanta confusión, hacemos falta.

 

Un mundo en el que las grandes potencias se involucran en las decisiones de países más pequeños, se trafica con niños; a los migrantes que llegan desesperados a nuestras fronteras se les vuelve a lanzar de una patada al mar o al desierto, es un mundo en el que hacemos falta para que quede constancia de estos horrores. También es un mundo en el que urge prepararnos para tomar decisiones éticas terribles: la vida generada en un laboratorio, ¿es vida? ¿Se deben regular las investigaciones que llevarán a la creación de una inteligencia artificial superior a la humana?

 

¿Cómo se enterarían ustedes de estos y todos los demás hechos y retos que ocurren fuera de su entorno inmediato sin nosotros, los reporteros? Sin los medios, el mundo viviría en una especie de siglo XI, aislado cada quién en su villorrio o su castillo, igual de ignorantes los dos, convencidos de que son tan reales las sirenas como los rinocerontes. Sin un periodismo poderoso, bien financiado, respetado por los gobiernos, el mundo moderno, el mundo entrelazado, sería imposible.

 

Pero en este oficio cuesta trabajo no solo vivir, sino sobrevivir. Este año han sido asesinados 45 reporteros, porque a alguien no le gustó lo que dijeron de él. Hace año y medio, en Madrid, regresaba yo al hotel después de la ceremonia del Premio Ortega y Gasset cuando me avisaron que en México, en la ciudad de Culiacán, cuna del narcotráfico de mi país, habían matado a tiros a mi valiente, inclaudicable amigo, Javier Valdez. Fue como si apagaran la luz del mundo. Estos asesinatos, siempre impunes, matan un poco no sólo a la víctima sino a todos los que lo rodean, y claro, esa es también la intención. Matan a uno para intimidar a todos.

 

Sin embargo, estoy aquí para decir que donde matan a uno, a la larga suelen surgir dos, o por lo menos otro. Y que si antes intentaba disuadir a los jóvenes que me decían que querían ser periodistas, porque el peligro es mucho, porque los cambios tecnológicos, porque se gana poco, porque.. ay, por qué no hacer algo más fácil y vivir tranquilos. Hoy sin embargo les digo, háganle, dénle nomás, porque contamos la historia del mundo todos los días. Porque dejamos constancia de lo que otros quieren tapar. Porque somos el antídoto de las redes sociales con su inmediatez y su potenciación de la rabia. Porque hacemos falta. Porque sí se puede ver el mundo, porque no podremos enderezar la historia, pero sí contarla, ser heroicos. Porque el futuro de este oficio lo están inventando hoy los colegas que vienen llegando, y a ustedes les aguarda un oficio generosísimo, que les ofrecerá tesoros a cada vuelta.

 

Un niño en una empobrecida favela brasileña que se pone por primera vez su traje de carnaval. Un candidato presidencial bien alegre que baila huaynos apretujando muy de cerca a una cholita con minifalda. Una caravana de madres que buscan en el desierto mexicano a sus hijos desaparecidos, año tras año. Un observatorio en el desierto de Atacama donde unos hombres se dedican a ver espejos para medir el tamaño del universo. Un páramo enneblinado en las alturas colombianas, que esconde tanto a guerrilleros como una variedad infinita de orquídeas. Ningún otro oficio como este les va a regalar un mundo, un universo, la realidad entera; trágica, abochornante, terca, chistosísima, horrenda, mágica. El regalo de la realidad real, inmensa y maravillosa. Agradezco a mi oficio estos cuarenta años de vida vivida tan esforzadamente, agradezco a mis colegas -los reporteros de a pie, y en particular a mis atribulado colegas en Venezuela, Nicaragua, México, a quienes admiro tanto-y a ustedes por escuchar.

 

Gracias, Majestades.

 

Alma Guillermoprieto

 

Nacida en Ciudad de México en 1949, Alma Guillermoprieto ha desarrollado toda su carrera en Estados Unidos. Siendo una adolescente se trasladó a Nueva York para vivir con su madre. Con formación de bailarina, en 1969 viajó a La Habana para impartir clases de danza y fue allí donde, en 1978, se inició en el periodismo como freelance. Comenzó como reportera de América Central para el diario The Guardian y más tarde para The Washington Post, donde fue redactora de plantilla en los años 80.

Tras un breve período como responsable de la corresponsalía para América del Sur del semanario Newsweek, decidió continuar su carrera como independiente. Desde 1989 ha escrito sobre América Latina para The New Yorker y The New York Review of Books y varias publicaciones en español.

En 1995 Gabriel García Márquez la invitó al taller inaugural de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), y, desde entonces, imparte talleres para jóvenes periodistas. Fue profesora visitante en las universidades de Harvard, Chicago, California en Berkeley y Princeton, entre otras. Forma parte del cuerpo de profesores de la FNPI y del consejo asesor del Programa Latinoamericano de la Open Society Foundations, fundado por el magnate George Soros. En sus casi cuarenta años de carrera, con sus crónicas y libros sobre las políticas y cultura de Latinoamérica, Alma Guillermoprieto ha logrado transmitir la compleja realidad de esta región, en especial al público angloparlante, convirtiéndose en una referencia internacional.

Ejerce el periodismo narrativo escribiendo “con un profundo conocimiento y un detalle exquisito”. Su trayectoria empezó cubriendo la insurrección nicaragüense en los años 70 para The Guardian. Fue en 1982 cuando destacó como una de las dos periodistas que desvelaron, ella en The Washington Post, la masacre de civiles en El Mozote (El Salvador) por parte del Ejército salvadoreño. Los funcionarios finalmente reconocieron la matanza, cuyos detalles se corroboraron muchos años después al descubrirse las fosas comunes. Ha escrito, entre otros temas, sobre Sendero Luminoso en Perú, el terrorismo de Estado en Argentina, el conflicto civil y el narcotráfico en Colombia y las guerras de la droga en México. Su primer libro fue Samba (1990), sobre su tiempo en una escuela en Mangueira, cerca de Río de Janeiro, al que le siguieron varios que recogen sus crónicas como Al pie del volcán te escribo (1995) –publicado originalmente como The Heart That Bleeds: Latin America Now (1994)–, Los años en que no fuimos felices (1998), Las Guerras en Colombia: tres ensayos (2000) o Desde el país de nunca jamás (2011), una selección de textos escritos entre 1981 y 2002. Otros de sus títulos son Historia escrita (2001), La Habana en un espejo (2005) – traducción de Dancing with Cuba: A Memoir of the Revolution (2004–, en los que describe la vida cotidiana durante la revolución; 72 migrantes (2011) y Los placeres y los días (2015).

Guillermoprieto es miembro honoraria de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias y doctora honoris causa por el Baruch College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Entre los premios que ha recibido están el Maria Moors Cabot (EE.UU., 1990), el de la Asociación de Estudios Lationamericanos a Medios (EE.UU., 1992); el MacArthur Fellow (EE.UU., 1995); el George Polk (EE.UU., 2000); dos del Overseas Press Club of America en 2008 y 2010 (compartido con Shaul Schwarz); el Lifetime Achievement de la International Women’s Media Foundation (EE.UU., 2010) y el Premio Ortega y Gasset a la Trayectoria Profesional del diario El País (España, 2017). -

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