Damián Schwarzstein

Damián Schwarzstein: El espacio entre la pandemia y la pospandemia

04 jun 20

Damián Schwarzstein es periodista, director de Rosario3, autor del libro de relatos Vladimir va al paraíso. Hoy se suma al ciclo “Pandemia: las palabras y los signos de estos tiempos”, de Fundéu Argentina, con la palabra “pospandemia”.

 

Por Damián Schwarzstein

 

Mujeres, mujeres, muchas mujeres. Yo salí de mi casa, caminé los treinta metros del pasillo hasta la calle, y cuando abrí la puerta era otro mundo.

Abrazadas, riendo, caminaban alegres y coloridas por Primero de Mayo. Yo tomé el mismo rumbo, detrás de un grupo de ellas, que iban como quien va a una fiesta. La fiesta de vivir y sentirse libre. De ser une y de ser todes. Al mismo tiempo.

Creo haber tenido esa sensación en los 80, cuando era adolescente y la democracia asomaba como la esperanza de un mundo nuevo. Libre. Sí, otra vez la libertad.

No llegué al Monumento el 8 de marzo. Doblé en San Luis, me fui a una clase de yoga. La última que tomé porque por Zoom ya no me dio. Pero me llegó ese grito, ese aullido. Lo escuché; no siempre escucho.

Después volví, entre grupos de mujeres que estaban dispuestas a seguir, a ir por más. Y eran felices, claro. Porque qué es la felicidad sino eso que se vive con intensidad y esperanza. Con la certeza de estar en el camino justo.

Abrí la puerta, caminé los treinta metros del pasillo hacia casa; entré. Hacía calor, creo que venía tormenta. Vino nomás.

Hasta el 20 de marzo, fui y vine muchas veces más, por supuesto. Pero ya no recuerdo por qué, para qué, ni qué historias vi pasar por la puerta.

Entre la prepandemia y la pandemia hay un abismo. Un salto al vacío de la incertidumbre, el miedo, la distancia. Una caída libre hacia el encierro.

Me quedé en casa. Aquí estoy ahora. Por supuesto, salgo de vez en cuando: vi la ciudad fantasmal, la de los cadetes en moto y las colas en los supermercados. La de los colectivos vacíos y la que se quedó sin colectivos. La de los aplausos que se silenciaron. Volví a ver el río y también a les amigues-hermanes.

Invariablemente, cada vez que salgo de casa, camino los treinta metros del pasillo y abro la puerta de calle, me siento observado desde la cola de gente que espera entrar a la fiambrería de al lado. Y caigo en la cuenta: me falta el barbijo. Así que vuelvo, y siento que en ese tiempo, esa caminata de ida y vuelta, habita un limbo que lleva a otro estadio. Acaso la pospandemia esté ahí, comprimida en ese minuto, en el que salgo y entro sin barbijo, para volver a salir con él.

Late. El corazón late. Es otra escena de un libreto que no conocemos.

Pero hoy le imaginé un final. Salgo de casa, camino los treinta metros del pasillo, abro la puerta y no me siento observado, porque no hay cola. Nadie espera, todes los clientes de la fiambrería están adentro, manosean los vinos, aprietan los salames para ver si están frescos.

Por Primero de Mayo otra vez grupos de mujeres caminan hacia el Monumento, que revienta y hace visible un reclamo que duele, pero que a la vez produce la alegría de la transformación. Yo camino entre ellas y esta vez también voy al Monumento. Nadie tiene barbijo. Nadie tiene miedo.

Entre la pandemia y la pospandemia hay un pasillo. Mi pasillo. El túnel del tiempo.

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