Mauro Aguilar

Mauro Aguilar: “Queremos conocer lo que sucederá mañana cuando todavía no atravesamos el temporal”

04 jun 20

Mauro Aguilar es corresponsal en Rosario del diario Clarín. Integró la redacción de El Ciudadano, fue editor del Diario de Funes y publicó trabajos en Rosario 12 y las revistas 32 Pies, Punto Biz, Notiexpress, Barullo y Gente del Acero. Dictó clases en el Taller Escuela Agencia (TEA) y trabajó en distintos programas de radio. Se suma al ciclo “Pandemia: las palabras y los signos de estos tiempos”, de Fundéu Argentina, con la palabra “poscoronavirus”.

 

Por Mauro Aguilar

 

Nos fascina descubrir el diseño del futuro. El detalle de sus ondulaciones, de sus rectas, de sus excitantes diagonales. Asomarse a lo que vendrá es una antigua tentación de la humanidad. Primaria, visceral. Queremos saber si en el recodo más próximo nos espera un pesar o una alegría. Un desengaño o un éxito. Proyectar sobre lo desconocido. Siempre fue igual. 

Ahora, sacudidos por el impacto de una pandemia, se impone pensar en un mañana sin la peste: lo que podría definirse como poscoronavirus. Es una inquietud que sobrevuela a las poblaciones asiáticas y a los millonarios de Norteamérica, se instala en los suburbios de Latinoamérica y entre los ancianos de Europa. Se habla mucho de eso y es extraño. Esta nueva afección nos ha ofrecido imágenes de espanto, estadísticas, recomendaciones, sintomatologías posibles, cuidados impostergables. Nos permitió comparar, descartar, dudar. Pero sobretodo eso: dudar. Hasta los especialistas se reconocen un poco torpes, algo desconcertados cuando intentan analizar los alcances definitivos de la covid-19. Esto es entonces lo que tenemos, el lugar donde estamos parados, el sitio desde el que podemos partir: un terreno, apenas, de aproximaciones.

Después de 376 000 muertes y más de seis millones de contagios apenas si tenemos un puñado de certezas. El cuadro está incompleto. Demasiado complejo resulta entonces montar escenarios certeros sobre lo que nos ofrecerá el poscoronavirus. ¿Será hostil o amigable? ¿La utilización del barbijo será definitiva? ¿Se impondrá el trabajo en el hogar? ¿Surgirán nuevos amantes del aislamiento? ¿Será el final de los abrazos y de los besos? ¿Tomaremos distancia, como en el colegio? ¿Se profundizarán la pobreza y la desigualdad? ¿Surgirán nuevas oportunidades? Nos desbordan la curiosidad, los temores, las dudas. Queremos conocer lo que sucederá mañana cuando todavía no atravesamos el temporal, con especialistas exponiendo teorías cruzadas y un final desconocido en la carrera por el hallazgo de una cura definitiva.

Quizás el encierro nos ha lanzado a un lugar de reflexión que antes ―apurados, ocupados, distraídos― evitábamos. Surgen, entonces, esos interrogantes de alcance impreciso sobre lo que encontraremos en el poscoronavirus. Uno, recurrente en estos días, apunta a mirarnos en un espejo y a pensar si vamos a emerger de la pandemia más solidarios y empáticos. Nadie puede saberlo a ciencia cierta, como nadie puede reconocer lo inminente de una curva cuando transita en medio de una niebla cerrada.

¿Salimos mejores de un dolor profundo? A veces sí, muchas veces no. Hay personas incorregibles y otras que logran cambiar. En general modificamos conductas durante un tiempo, mientras persisten los efectos de aquello que nos sacudió. Pero la humanidad tiene inclinación por el olvido. Entonces, si el virus lo permite, si no se instala como un okupa incómodo en nuestras vidas, si su presencia no altera la cotidianidad, elegiremos olvidar. Y el poscoronavirus se parecerá bastante al precoronavirus. Si eso sucede confirmará otra curiosidad muy nuestra: obsesionados con el futuro somos muy prácticos para ignorar el pasado. Una invitación a repetir errores, dislates y distintos tipos de pandemias.

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