Jorge Salum

Jorge Salum: “Venga ese abrazo”

06 jul 20

Jorge Salum ejerce la profesión periodística desde hace 30 años, siempre en medios gráficos. Actualmente se desempeña como secretario de redacción del diario La Capital de Rosario. Hoy inaugura un nuevo ciclo de reflexión, análisis, producción y pensamiento: “#Signos2020: nuevos tiempos, ¿nuevas palabras?”, con la palabra “abrazos”.

 

Por Jorge Salum

 

En la ciudad donde vivo atravesamos estos primeros días de julio por la fase de distanciamiento social. Somos afortunados: no hay entre nosotros circulación comunitaria del COVID-19, las personas se portan relativamente bien, aunque cada día un poco menos que el anterior, y parece que quienes nos gobiernan están haciendo bastante bien su tarea. Dejamos atrás la cuarentena rigurosa y de a poco, con una ansiedad contenida a medias, vamos recuperando retazos de una normalidad que perdimos en pocos días, o en horas, casi sin tiempo para asimilarlo.

 

En este invierno para el olvido, la vida que conocíamos cambió de una forma que nunca hubiésemos podido imaginar. Imperan ahora nuevos hábitos a los que debemos acostumbrarnos, aunque no nos gusten. Nadie vino a preguntarnos si estamos de acuerdo con usar tapaboca, con no ver a nuestros seres queridos cuando tenemos ganas, con dejar los calzados en la puerta o con privarnos de viajar, reunirnos, jugar al fútbol o ir al cine.

 

En esa “nueva normalidad”, voy y vengo por la ciudad en bicicleta. Al trabajo, al supermercado, a la farmacia, a ver a mis hijos... Mientras recorro las calles, recuerdo postales que vi hasta hace días, cuando la cuarentena era estricta y la ciudad entera parecía una maqueta: sin gente, sin autos, sin contaminación, ¡sin ruido! Era un paisaje fantasmal y apocalíptico, al que le tomé decenas de fotografías durante recorridos autorizados por un permiso oficial para ir al diario donde trabajo. Algún día tal vez tengan valor como un registro de esta época tan extraña.

 

Por aquellos días, cuando solo hablábamos de “la curva”, de “respiradores”, de cómo los contagiados morían “como moscas” (descripción de un amigo que vive en Cataluña) y de rebuscadas conspiraciones chinas, habíamos perdido muchas cosas que creíamos imprescindibles. Solo algunas lo eran, y los que tenemos la suerte de atravesar la fase 5 algo de todo eso estamos recuperando.

 

Por ejemplo, después de un lapso que pareció eterno pude reunirme con mis hijos y con algunos amigos. Cuando estoy frente a ellos, me parece increíble y me hace feliz volver a verlos, pero no es una dicha completa: hay algo que se interpone entre nosotros, una barrera invisible aunque presente, una amenaza que nos pone en guardia. No nos tocamos, hablamos a dos metros de distancia, no podemos disimular cierta desconfianza cuando alguien estornuda o tose... Y ya no compartimos el mate, una nueva costumbre que es una bisagra entre una época y la otra. Para expresar sentimientos nos quedan solo las miradas y las palabras, porque el abrazo, ese gesto tan humano que lo resume todo en los mejores y en los peores momentos, ahora nos está vedado.

 

En un diario estadounidense de renombre mundial publicaron hace un tiempo una nota muy didáctica: explicaban cómo abrazarse en tiempos de pandemia. Distribuí el link de ese texto entre algunas de las personas que más quiero, aunque evité confesarles que el verdadero abrazo para mí es incapaz de contemplar cualquier límite. Ahora pienso que los abrazos verdaderos acaso sean una de las cosas que necesitemos recuperar cuanto antes, apenas la ciencia encuentre una solución a este entuerto llamado coronavirus.

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