Federico Ferroggiaro

Federico Ferroggiaro: “En la saliva que soltaban los runners en cada exhalación volaba el maléfico virus”

14 jul 20

Federico Ferroggiaro es periodista y docente de literatura en la universidad y en escuelas secundarias. En su faceta de narrador publicó seis libros de relatos. Los últimos han sido Par de seis (Baltasara Editora, 2017) y Punto de fuga (Casagrande, 2019). Hoy se suma al ciclo de reflexión, análisis, producción y pensamiento: “#Signos2020: nuevos tiempos, ¿nuevas palabras?”, con la palabra “runners”.

 

Por Federico Ferroggiaro

 

Aunque pensado históricamente como un representante extremo del individualismo, en los últimos tiempos ha pasado a ser integrado a una comunidad o a un colectivo. El corredor, el hombre o la mujer que dedicaba, de sus horas libres, una o varias a la solitaria actividad física de correr; frecuente espécimen que, antes del alba o al caer la tarde, desplegaba su vitalidad y su energía atravesando el paisaje de un circuito para los demás impreciso o desconocido, ese o esa han dejado de ser individuos y se los observa y denomina como grupo: los runners.

Al principio, igual que todos los demás, obligados a encerrarse en estrechos monoambientes o en amuralladas mansiones, ellos y ellas, cada uno a su manera, debieron canalizar esa sed, ese impulso que los empujaba al deporte recurriendo a insatisfactorios sustitutos. El trote triste por el balcón o la terraza del edificio, arriesgándose a la delación de los vecinos; o el deslizarse estático por una cinta de correr emplazada junto al sofá dos cuerpos o al 40 pulgadas; o reemplazando aquel perdido placer cinético por las clases de aerobic en vivo a través de Instagram.

Apenas la cuarentena abrió un resquicio, cedió un palmo la presión de sus cadenas, de las casas, torres y condominios de las grandes (y pequeñas) ciudades, se vio emerger de uno en uno a una masa de cuerpos cubiertos de ceñidas calzas, buzos coloridos, vinchas y zapatillas futuristas, que se lanzaron como átomos desenfrenados a correr por las calles, avenidas y plazas. Eran tantos, entre expertos y advenedizos, los que se apelmazaban en un sólido cuerpo que se deslizaba, a diferentes velocidades, por las hasta hacía poco vacías y desérticas arterias de las urbes. Supo entonces, la astuta cámara televisiva y la intrépida fotográfica, captar diversas manifestaciones de tal armagedón y reproducirlas frente al horror de los espectadores.

Para los sedentarios conspicuos y los defensores acérrimos de las más rigurosas cuarentenas, aquello fue el acabose. En ese sudor, en la saliva que soltaban los runners en cada exhalación volaba el maléfico virus que amenazaba colapsar el sistema sanitario nacional.

Otrora considerados adalides de la vida sana, paradigmas del deber ser del estilo de vida del hombre contemporáneo, tan tentado a recluirse en la inmovilidad del confort, en una arriesgada inversión de los sentidos, se los marcó como símbolos de la enfermedad, de la circulación y propagación de la pandemia. De elogiados y aplaudidos como modelos de salud y vitalidad, los runners pasaron a ser vituperados y juzgados, al igual que los “untadores de la peste” en Historia de la columna infame, de Alessandro Manzoni, como cúspides de la irresponsabilidad civil, del egoísmo, de aquello que no se debe imitar.

Basta observar la valorización de signos contrarios del término runner, antes y después de esta crisis, para comprender la relatividad de todo juicio absoluto que, claramente, depende de las condiciones del contexto. Yo, que no he corrido más que para no llegar tarde al trabajo, siempre he visto con desconfianza la expresión de fortaleza y vigor que representa un corredor, ahora runner. A pesar de eso, no me dejo convencer y miro con cierta distante piedad al pobre condenado que, como “El peatón” de Ray Bradbury, solo sale a pasear (en su caso, a correr) sin nefastas y oscuras intenciones.

 

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